Me animo a decir que a todos los que pasamos por el Bosquecito, de algún modo (y hay muchísimas variedades de modos) nos marcó. Algunos detonaron hasta el encierro (porque sus familias más cercanas no los comprendieron y les pareció que era mejor tenerlos encerrados y pasteados en loqueros), otros nos encontramos con que la vida que llevamos no es la que queremos llevar, otros comprendieron la importancia de preservar la naturaleza, los recursos naturales, se despertaron sentimientos, sensaciones adormecidas, magias nuevas, valores más importantes y miles de cosas que no podría terminar de enumerar jamás.
Cada tanto caen distintas formas de canalizar un poco lo que fue el Bosque, aquí un texto escrito recientemente por el muy muy queridísimo Martín boga.
EL BOSQUECITO: Historia de un acampe.Bs. As. Se hizo de espaldas al río, por suerte uno siempre puede darse vuelta.
Cuando parecía que todas las cartas estaban jugadas, hubo un grupo que entendió al acampe como acción fundamental para frenar el avance del Vial Costero. No lo hablaban entre ellos, pero lo sentían. Cargaban en sus espaldas aquella salida con olor a retirada de Campo 3.
¿Y si le ranchamos acá?
En casi un año de resistencia antivial se lo vio trabajar en solo dos oportunidades, la primera en la fundación, amasando chapati para todo el mundo, la segunda ya al final del verano, punteando la tierra en una movida que intentó renovar las energías del acampe. ¿Que hizo en el medio? Se detonó en RE, tocando la misma melodía durante casi un año variando solo las tonalidades, pero nunca afuera del re. Julio estaba ahí
antes del primer escombro de ese masetero enorme que llaman paseo de la costa, antes que las ratas. El, como tantos otros, no es ni del paseo, ni del río, su lugar siempre fue la orilla, ese borde tan temido por tantos y negado por otros.
Ahí estaban, de pie, con el cuerpo como último bastión de dignidad, del otro lado, enormes topadoras cual tanques de guerra blindados. El mismo lunes, marcaron un límite al alambre que marcaba el perímetro donde iba a trabajar Cartelote (Empresa Destructora) y mientras el grueso de la gente se apostaba en el cruce de la Av. San Martín y el Bulevar del Paseo de la Costa, un pequeño grupo juntaba leña para encender el que sin imaginarlo sería el primero de los fuegos en el corazón del sitio que mas tarde se iba a conocer como el Bosquecito.
Ya al tercer día de defensa del bosque, con la noche encima, por miedo a que las moto sierras trabajen a oscuras, nadie quería irse a sus casas. Entonces el Bosque tuvo su primera asamblea. En el círculo que formábamos alrededor del fuego, rolo una clava y uno a uno iba diciendo tanto las razones por las cuales había que quedarse a dormir, como por las que no. Hablaron casi todos y no hizo falta votar, el consenso entre las distintas posiciones fue el acampe diurno, sin embargo, algunos se quedaron dormidos al lado del fuego. El jueves estábamos construyendo la que se dio a llamar la segunda chozicarpa, y fue segunda porque nadie olvidaba la de Campo 3.
El domingo, día de asamblea, todos creían que por ser el acampe el sitio de la resistencia, la misma se iba a realizar ahí, pero al exclamar un compañero con entusiasmo “¡la asamblea se hace acá!”, un asambleísta perteneciente a uno de esos partidos que se dicen comunistas y revolucionarios lo increpó violentamente y agitó a la gente que se estaba calentando en el fuego del Bosque, a cruzar la calle y hacer la asamblea en frente. No conformes con ello, mas adelante iban a empujar la salida de la asamblea del río con el pretexto de que hacía frío. Otra asambleísta, muy vecina pero muy de Olivos nos dijo “¿Que es la villa que armaron acá?”. La decepción fue enorme, mas aun al darnos cuenta de alguna gente de la que estábamos rodeados, tan o más intolerantes que los que estaban del otro lado.
En la asamblea tuvimos que defender el acampe sobre quienes no creían que era necesario. Al finalizar la misma, había quedado claro que no recibíamos su apoyo. La asamblea de la que aun éramos parte, se movía cada vez, mas verticalmente, formando comisiones que cerraban las puertas a quienes pensaban diferente. Estábamos solos, había que controlar la bronca, propia y de los pares que no podían. Con el miedo en ascenso, comenzaban los roces entre los compañeros del mismo acampe. Sin embargo, el grupo inicial se mantuvo unido hasta que al mes de la defensa del Bosque se desató la primera represión. Sabíamos que su desenlace demarcaría al menos por un tiempo, el posicionamiento en la lucha contra el Vial.
Las construcciones crecían a la par de la incertidumbre. Primero fue el tipi alrededor de Severino que era el árbol que hacía de eje y apoyo a los postes que le daban la estructura. Después vino la cocina y por último el taller. La idea de estos era darle dinamismo y espacios al acampe para no estancar la energía. También se comenzaba la huerta impulsada por el Poio cuya presentación fue bien a su medida la noche que la asamblea entera lo vio por primera vez, en patas, saliendo de la comisaría. Venía con otros compañeros de Velatropa en bici sobre la parte ya cementada del vial. Traía una pala de punta para trabajar la tierra, cuando de repente la bici comienza a hundirse en el cemento fresco y con los brazos sumergidos hasta los codos en el hormigón, tratando de rescatar las sandalias, sin haber cumplido su objetivo, es sorprendido por una patrulla de infantería que a los palazos le dio a entender que estaba en falta. La causa tuvo su mártir, ¿un guerrillero preso? No, un músico en un neuropsiquiatrico……….a Piripipi lo había encerrado un sistema, no acostumbrado a tanta lucidez, pero el himno que nos regalo, fue emblema y evocación en su ausencia.
Difícil, ponerle palabras a las sensaciones que causaba escuchar por las noches y a lo lejos, aquella flauta acercarse al fuego, de ese fuego que nos dio la rueda, de esa rueda que nos dio el amor; de ese amor que nos dio el poder y la paz.” ¡¡¡”Dale Javi, tocate Los Querandies”!! y el juglar tocaba, así, por lo menos, durante el tiempo que duraba aquella canción, el miedo se disipaba.
Lo que sucedía en el bosque recorría con abismal velocidad lenguas y orejas que en la mayoría de los casos inflaban o tergiversaban la realidad, sirviéndole en bandeja argumentos al sector de la asamblea que no nos apoyaba. Cuando el bosque era noticia, aparecían caras que jamás se acercaban, pero con la cámaras de televisión en frente, declamaban enérgicamente que eran parte del acampe. Como si fuera poco tener en la vereda de enfrente a empresas de la talla de Irsa y Cartelone, a los gobiernos Nacional, Prov. y Municipal, había que cuidarse de los políticos de la oposición y de una asamblea que había perdido el rumbo, cual único interés era usar la lucha genuina de los vecinos, para posicionarse en la carrera de las próximas elecciones.
Dado que la realidad superaba la ficción hubo hasta una cronista anónima. Firmando con un seudónimo sus entregas irregulares pero constantes. Justina deslizaba con un estilo un tanto romántico las cotidianidades del acampe, en la que no faltaba la bajada de línea, eligiendo facebook para sus publicaciones. Aunque el acampe no sabía quien era, de una cosa se estaba seguro, Justina no era del bosque, dado que sus relatos dejaban afuera sucesos imposibles de pasar por alto.
La okupación del Bosque se diferenciaba a otras, como las tomas de facultades y fábricas, en que esta se desarrollaba en un lugar totalmente abierto. Esta singularidad, sumada a la filosofía del acampe hacía que el ir y venir de gente por el bosque iba mas allá de la lucha contra el Vial. En esa realidad dejaron su huella gente sin techo y viajeros. Así apareció en el invierno, un grupo de pibes de la calle que habían encontrado más que un refugio, un verdadero hogar en el bosque. Había compañeros que les dedicaban su tiempo haciendo y enseñando a hacer artesanías, muchas veces con material reciclado. El mensaje era claro, antes del fútbol, tenían que hacer otras cosas, “todos tenían que aportar algo”. Así fue que un día los pibes aparecieron con un ganso adormecido a garrotazos, que en tren trasladaron desde los lagos de Palermo. Alarmados por la situación, los vegetarianos le sacaron amablemente el ganso, asignándole una carpa exclusiva para su sanción. El Ganso dormía en la carpa del Poio, que ni bien llegó al acampe, marcando una línea, la armo bien al fondo, ahí nomás de las patrullas de la bonaerense 2 que nos cuidaba las 24 hs. El Ganso día a día mejoraba y aunque medio desvariado, empezó a caminar dentro del bosque. Se había convertido en una verdadera atracción para grandes y chicos……un día empezó a caminar para el lado del río y se quedó con unos tipos que vivían en la orilla, entonces Rosita paso a ser Chacarita. El acampe indignado por el cambio de identidad del ganso, formo una comitiva encarga de su recuperación. Al final Rosita, otro día tomó el río y no volvió más. Sabíamos de otros acampes, entonces iban y venían compañeros primero a Punta Querandi y después al de los Qom Al acercarse el verano, se temía que no quedara mucha gente para “hacer el aguante”, entonces la estrategia, tácita como tantas veces, fue convertir el bosque en camping. Conocíamos bien el río y a esas barriadas que bajan de las zonas más pobres de Vicente López y San Martin y pasan en la costa la mayor parte del verano. Una vez más, las cosas iban sucediendo con notable sincronía.
Un día de enero fuimos con Maite al Bosquecito, hacía mucho calor, así que encaramos para el lado de la playa…….comenzando a caminar por el agua le digo “Hija, si queres meterte avísame así te alzo en la parte de las piedras y los fierros “…… “No me quiero meter”, respondió……pero al hacer unos metros , escucho un ruido en el agua….era ella que sin dar cuenta a mi recomendación, se había sacado el vestido y con sus alargadas piernas ya estaba en bombacha pisando el agua ……..Primero no quería meterse y después no quería salir. Sentada en la tosca con medio cuerpo en las aguas de ese río con tanta memoria, me dice: “¿Vamos al acampe de los Qom pa??, - Como podía decirle que no a tan acertada propuesta, así que, con ese vehículo tan hermoso que es la bicicleta, tren de por medio, en una hora estábamos debajo de la Wipala, en la 9 de Julio y Av. De Mayo.
Desde la llegada del verano, la pregunta que se hacían todos era ¿Cuándo llegaría el desalojo? Se pensaba en enero, aprovechando que mucha gente estaría de vacaciones, pero increíblemente no solo pasó enero, sino también febrero, por lo que el desconcierto era enorme. De todas formas, el mismo no duró mucho, porque aquella mañana en que me disponía a escribir esta misma historia que había comenzado unos días antes, al encender el celular, me sorprende un mensaje de texto que decía “Como en los viejos tiempos, la policía nos está rodeando”, como no decía quien escribía pensé en el bosque pero por un instante dudé, dado que podía ser de otro lado. Mensaje a ese mismo número para que me confirme la información y al instante suena. Era Ale que me ponía al tanto de la situación, contándome que el bosque está rodeado por unos 200 agentes de infantería. Ahora tenía que pensar la forma más rápida para salir de la isla. La suerte jugó a favor, un bote cargado de gente, cargó también mi bicicleta y cruzamos el Lujan.
En una hora estaba en la entrada al río por San Martín y el cuadro se presentaba bastante difícil. Había un número importante de vecinos delante del cordón policial que cerraba el paso al bosque. No tenía ganas de saludar a todo el mundo, pero quería que alguien del grupo me diga como estaban los que habían quedado adentro. El enterarme de quienes estaban subidos a los árboles me tranquilizó, “¡no podía haber sido mejor!” Pensaba. Afuera también había gente muy valiosa, compañeros que se habían formado al calor de esta misma lucha, que ya llevaba más de un año. Verlo a Nico afuera era como estar con Fabio que estaba adentro y aunque era temprano y se habían convocado muchos medios, la mañana se iba yendo. Detrás del cordón policial comenzaron a vallar la calle, como esto implicaba perder toda chance se resistencia al desalojo, un compañero pidió asamblea y frente al cordón policial, se plantearon dos mociones, la primera era cortar
la Av. Libertador que pasaba dos cuadras por detrás del sitio donde nos encontrábamos, la segunda era avanzar con las manos en alto sobre el cordón policial. Al cabo de la votación, ni bien nos dimos cuenta que había prosperado la moción de avanzar, bajo gritos de aliento el grupo entero, sin titubear, alzó sus manos y avanzó.
Lo que siguió después, se inscribe en un sin número de atropellos que sufre cierto sector de la sociedad a diario, pero que por haber sido contra vecinos de la zona norte, zafó de la lista interminable del anonimato.
“EL RIO ES MEMORIA” (Haroldo Conti).
